Durante décadas, el gobierno federal prometió conectar la capital de Oaxaca con sus playas más emblemáticas. Finalmente lo logró. Desde febrero de 2024, la carretera Barranca Larga–Ventanilla permite llegar de la ciudad a Puerto Escondido en apenas dos horas y media. Atrás quedaron los trayectos interminables por la Sierra Sur, los caminos de herradura y las esperas sin calendario. La obra se cumplió. Es, oficialmente, una infraestructura del Estado mexicano.
Pero como suele suceder con las grandes obras, no todo son cifras optimistas. Lo que empezó como un proyecto de conectividad se ha convertido también en un proceso acelerado de transformación territorial. Las opiniones de expertos ambientales, biólogos, urbanistas y actores locales revelan un panorama complejo: la carretera federal modificó, a corto plazo, el paisaje y las reglas del juego.
Entre 2010 y 2020 se perdieron 92 hectáreas de manglares en el corredor turístico Chacahua–Huatulco, según el análisis del Global Mangrove Watch. Para 2050 podrían desaparecer más de cinco mil hectáreas. Biólogos como Salvador Anta advierten que la deforestación no proviene de una sola causa, sino de una suma persistente: infraestructura, turismo, agricultura, uso doméstico. La carretera es el catalizador.
Los manglares, ecosistema clave para la captura de carbono y la protección costera, ahora enfrentan subdivisiones, urbanización y olvido institucional. La obra federal no consideró su resiliencia. Y eso tiene un costo.
Puerto Escondido es uno de los principales sitios de anidación de tortugas marinas en México. Con la llegada de la nueva vía, también llegaron las construcciones desmedidas, la contaminación lumínica y los desvíos migratorios. Biólogas como María Arely Penguilly y Alison Raymundo relatan cómo las tortugas adultas terminan en patios traseros o piscinas de hoteles. Las luces blancas las desorientan. El cemento las excluye.
El aumento del turismo —23% más entre enero y mayo de 2024 comparado con 2023— no vino acompañado de una estrategia de protección ambiental. La carretera estatal nació sin ley de impacto integral. Y eso también se hereda.
Desde el año 2000, la costa oaxaqueña ha perdido buena parte de sus zonas agrícolas. Los análisis satelitales de Mongabay Latam confirman que el cambio de uso de suelo se aceleró desde que comenzó la obra federal, en 2009. Hoy, esos espacios que capturaban agua, regulaban temperatura y servían de refugio para fauna, son fraccionamientos, calles sin pavimentar y espacios de venta informal.
La urbanización no llegó sola. Se volvió la forma más común de interpretar el desarrollo. Y en esa lectura, los cultivos quedaron fuera del plano.
La presencia de construcción inmobiliaria en el Parque Nacional Bahías de Chacahua y Bahías de Huatulco pone en evidencia los vacíos jurídicos. Las leyes federales reconocen la propiedad agraria dentro de las áreas naturales protegidas, lo que permite la venta y el uso particular. Erick Rodríguez, delegado de Fonatur, explica que muchas comunidades optan por vender ante el abandono gubernamental.
Aquí no hay una falla local. Hay una ausencia estructural. El gobierno federal construyó una carretera sin blindar el entorno que la rodea.
Con más de 683 mil personas en la región, la Costa y la Sierra Sur tienen hoy casi la misma población que todo Oaxaca en el siglo pasado. El aumento de habitantes y visitantes implica más basura, más aguas sin tratar, más impacto sobre arrecifes. Agustín Ruíz, del Fondo Oaxaqueño para la Conservación de la Naturaleza, reconoce que las autoridades están desbordadas.
Contenedores hay. Plantas de tratamiento, no. La carretera llegó, pero los servicios no hicieron el mismo trayecto.
La obra federal cumplió su propósito: conectar la ciudad con la playa, acortar distancias, estimular el turismo. Pero su impacto va más allá del pavimento. Tocó ecosistemas, alteró dinámicas comunitarias, desmontó procesos locales.
Hay quienes celebran la carretera por sus beneficios económicos. Y hay quienes la cuestionan por sus efectos irreversibles. En ambos casos, los datos existen.
Lo que falta es una evaluación con enfoque sistémico.
Porque cuando la modernidad llega sin brújula, todo lo que toca deja de parecer lo que fue.